Faustino Asprilla: una vida a las carreras

<< Regresar Fecha de Publicación: 06 de Febrero de 2013
Deportes

 

 Faustino Hernán Asprilla Hinestroza "El Tino"   /   Foto: Cromos
Idolatrado y controvertido, prodigioso dentro de la cancha y polémico fuera de ella, la historia de ‘El Tino’ está llena de radicales contrastes. El exjugador de Parma, Newcastle y de la Selección Colombia se siente orgulloso de ser negro y atribuye su imagen negativa a los prejuicios sociales.

Por Francisco Henao Bolívar

Para muchos, es el más grande deportista que ha dado Tuluá en todos los tiempos y uno de los más brillantes a nivel nacional. Para otros, especialmente en su propio terruño, “es un negrito que se enloqueció con tanta plata que ganó en el fútbol”.

Debido a esa explosiva mezcla de opiniones, Faustino Hernán Asprilla Hinestroza es querido por una gran mayoría de sus paisanos y odiado por unos pocos.

El mayor ídolo deportivo que ha dado Tuluá no se siente por estos días. Hace unos años, cuando estaba en la efervescencia de su fama, producto de sus imparables regates en el fútbol europeo y de la enorme huella que dejaba en cada partido de la Selección Colombia, era normal escuchar sobre el futbolista en alguna discoteca o calle de Tuluá y en las zonas rosas de Cartagena, San Andrés, Medellín o Cali.

Han pasado los años y ‘El Tino’ parece haber entrado en plena madurez. No hay bullicio, no hay escándalo, no hay rumbas como en el pasado. Sentó cabeza o, por lo menos, ahora le saca jugo a la vida de una manera más recatada.

Su vida no ha sido fácil, incluso desde ese mismo 10 de noviembre de 1969, cuando nació en una de las habitaciones del Instituto de los Seguros Sociales de Tuluá.

Vino al mundo acompañado únicamente por su madre, doña Marcela, ya que don Diego, el jefe de la familia Asprilla Hinestroza, tuvo que cumplir con su día laboral en una de las tantas fincas azucareras de la región.

El trabajo del padre permitió que Faustino y sus seis hermanos tuvieran una infancia digna, sin las limitaciones que sí se sentían en otras familias vecinas.

Las curiosidades han marcado la agitada vida del Tino. En el momento de su bautizo, sus padres no tenían claro qué nombre ponerle. Pero la solución apareció cuando en la iglesia donde se cumpliría la ceremonia llegó uno de los tíos de la pequeña criatura, de nombre Faustino.

“Me parece que ese es un buen nombre”, fue lo primero que dijo don Diego, saliendo del impasse y marcando de esa manera un nombre que con el tiempo sería uno de los más sonados en el fútbol mundial.

‘El Tino’ creció en el humilde barrio San Antonio, pero sus primeros pasos futbolísticos los dio en el Popular. Quienes lo conocieron desde su infancia dicen que llegaba a la cancha del sector, casi que a diario, un negrito desgarbado, con el look de la época, un afro descuidado, pantalón corto, tenis desgastados de tanto usarlos y una timidez que pudo superar cuando fue arropado por la fama.

Asprilla comenzó a tomarle gusto al fútbol sin el visto bueno de su padre, quien no veía con buenos ojos que su hijo se dedicara a correr detrás de un balón y que llegara a la casa con la ropa estropeada de tanto jugar en canchas empantanadas. Por eso don Diego lo matriculó en uno de los colegios de Tuluá, pero ‘El Tino’, con la complicidad de su mamá y del tío que había inspirado su nombre, se las arregló para seguir jugando a la pelota.

Su velocidad, por la que muchos ya lo llamaban desde chico ‘La gacela negra’, así como su picardía en el momento de dominar el balón y de evadir a cuanto defensa se le atravesaba en el camino no pasaban desapercibidos.

Eso lo llevó a ser reclutado por la famosa escuela Carlos Sarmiento Lora, en donde lo empezaron a pulir técnicamente. De allí también fue llamado para defender los colores de la selección tulueña para los diferentes campeonatos regionales e intermunicipales.

Y cuando menos se esperaba, pisando los 18 años y ya con la bendición de don Diego, fue llevado a un periodo de prueba al Cúcuta Deportivo. Allí su irreverente estilo de jugar gustó muy rápido, hasta el punto de que su debut en el fútbol profesional llegó más rápido de lo presupuestado.

Lo que vino después fue una meteórica carrera. Nacional puso sus ojos en él, pagando en esa época 40 millones de pesos que eran una fortuna. Pronto se convirtió en ídolo de la hinchada verdolaga.  Luego se le abrieron las puertas de la Selección Colombia preolímpica y la consagración internacional con la tricolor en un torneo realizado en Paraguay, lo que lo llevó a ser fichado por el Parma de Italia.

Posteriormente, ‘El Tino’ se dio un baño de gloria: muchos goles en el Calcio, un fútbol que encandiló a los italianos, un inolvidable golazo de tiro libre al todopoderoso Milán para quitarle un histórico invicto, la idolatría por parte de los aficionados del Parma, portada en los principales diarios europeos y una candidatura al Balón de Oro, es decir, a Mejor Jugador del Mundo, distinción que peleó con grandes estrellas como el holandés Marco van Basten, el liberiano Geroge Weah, el francés Jean Pierre Papin y el italiano Roberto Baggio, entre otros.

Pero así como llegaban los éxitos y su cuenta bancaria se engordaba a pasos agigantados, también llegaron los problemas fuera de las canchas: que le rompió el parabrisas a un bus en Tuluá, que a un periodista en Bogotá le dijo que ganaba más que él, que hizo varios tiros al aire en la zona rosa de Cali, que se le vio peleando con un taxista en otra ciudad… En fin, Faustino era noticia dentro y fuera de las canchas.

Esa situación llevó a que un reconocido periodista y político de Tuluá propusiera declarar persona non grata al hijo más famoso del pueblo. A Asprilla la propuesta no le causó gracia. “En este pueblo hay mucho envidioso, gente que no acepta que un negrito humilde, salido de la nada, haya conseguido mucho dinero por medio del fútbol y eso le haya permitido codearse con los más ricos de Tuluá e incluso del país”, dice Asprilla siempre que le tocan el espinoso tema.

‘El Tino’ atribuye esa persecución a una pelea de estratos. “Es que es muy jodido cuando ven a un negrito con plata. Como que les gusta es que uno siga andando con los zapatos rotos y ropa feíta”.

Y es que, de verdad, la época en que Asprilla vivía con lo justo, con lo que su papá llevaba a la casa, pasó hace muchísimos años. A medida que crecía su imagen internacional gracias al fútbol, ‘El Tino’ se volvió exclusivo en su manera de vestir. Los grandes almacenes de Parma y de Milán eran sus sitios preferidos a la hora de comprar ropa de las mejores marcas. Y ni hablar de la docena de carros, de las marcas más importantes, que mantenía parqueados en sus imponentes casas de Parma o de Newcastle.

‘El Tino’ se codeó con estrellas de la farándula, con políticos reconocidos de Colombia y de Italia. Era asiduo invitado a programas de televisión, posó desnudo en una ocasión, se prestaba para campañas educativas y se le relacionaba con modelos y actrices famosas. Su figura vendía, su apellido era sinónimo de rating. Y entre más vitrina se daba, más se enorgullecía de su color, de sus orígenes; de sus ancestros.

“Me siento orgulloso de ser negro. El problema no es el color, el problema son algunas personas que muchas veces lo hacen sentir mal a uno”, dice con mucha frecuencia.

El golpe más duro que ha recibido en la vida fue cuando murió su mamá, doña Marcela, en una clínica de Cali. Faustino comenzaba a triunfar en Parma y tuvo que viajar más de diez horas en avión para estar en el sepelio de su madre. Un Asprilla desconsolado, envuelto en un mar de lágrimas fue la imagen que vio el país ese 2 de mayo de 1993.

Así como su fútbol era rápido, su vida fuera de las canchas iba con la misma velocidad. Se casó muy joven, de 22 años, con Catalina Cortés, de 19, y oriunda de Medellín. La relación se convirtió en tormentosa y no tuvo futuro, pese a que de ella nació Santiago, el único hijo de Faustino.

Una vez se consumó su separación llegaron infinidades de relaciones sentimentales con modelos y actrices y fiestas interminables con sus amigos en su finca Santino, ubicada en las afueras de Tuluá.

Es salsero a morir, amante de los caballos, serio cuando no está en confianza, extrovertido si participa de alguna reunión donde están sus amigos y solidario por convicción con las personas más necesitadas, que a diario tocan a su puerta.

Hoy Asprilla goza de su pensión como futbolista. Una recia lesión lo obligó a dejar el fútbol antes de tiempo. Pero no se amarga, porque dice que dio lo que tenía que dar y que, además de aportarle a la Selección, le dio brillo a Colombia con sus actuaciones en Europa.

Por estos días lo encontramos en Newcastle, Inglaterra. Y aunque no lo confirmó, se rumora que será mánager en este club donde militó hace algunos años.

Su vida ahora está más tranquila. Dedica mucho tiempo a compartir con su papá en el barrio San Antonio, y en su finca Santino. No le pierde pisada al acontecer nacional. Tampoco al fútbol. No quiere ser técnico, pues asegura que no está para estresarse, pero sí sueña con ser propietario de un equipo para devolver lo que este deporte le dio: comodidad, prestigio y un gran nombre a nivel mundial.