Necesitamos un liderazgo que proyecte nuestra causa
Lo hemos dicho varias veces en esta publicación: necesitamos un liderazgo que proyecte nuestra causa. En noviembre de 2013 nos alegraba la aparición de nuevos liderazgos, pero nos preocupaba que la población afrocolombiana continuara participando en la política como convidada de piedra, sin asumir el poder correspondiente a su historia, su capacidad y su peso en la construcción del país.
Trece años después, vuelvo sobre aquella inquietud. No lo hago por nostalgia ni para repetir una consigna: el escenario cambió y nosotros también debemos hacerlo. Hoy podemos reconocer a mujeres y hombres afrodescendientes que han llegado a gobernaciones, ministerios, congresos y tribunales. Ya no puede afirmarse que faltan liderazgos. Lo que todavía debemos construir es una dirección colectiva capaz de convertir esas trayectorias individuales en un proyecto político duradero.
Nubia Carolina Córdoba Curi, primera mujer elegida para gobernar el Chocó, representa una generación que llegó al poder con formación, conocimiento del territorio y una responsabilidad histórica considerable. Su elección demuestra que las nuevas generaciones afrocolombianas pueden disputar el poder, ganar elecciones y gobernar territorios que durante demasiado tiempo han sido observados únicamente desde sus carencias.
Su presencia también eleva la exigencia. No basta con que una persona afrodescendiente llegue a un cargo. Debe gobernar bien, administrar con transparencia, defender el interés colectivo y producir resultados que transformen la vida de la población. La representación es necesaria, pero solo adquiere sentido cuando se convierte en educación, salud, seguridad, infraestructura, empleo, conectividad y oportunidades.
Brasil ofrece otras lecciones. La trayectoria de Benedita da Silva, a quien tuve el honor de recibir en Colombia como invitada de una cumbre afro celebrada en Cali, muestra cómo el liderazgo comunitario puede convertirse en una extensa vida de servicio público. Erika Hilton representa una generación que ha llegado al Congreso con nuevas agendas y una decisión firme de ampliar los límites de la participación democrática. Rachel Barros, desde el Ministerio de Igualdad Racial, recuerda que nuestras reivindicaciones necesitan instituciones, presupuestos y políticas permanentes, no solamente discursos conmemorativos.
En Estados Unidos también encontramos señales concretas. Wes Moore gobierna Maryland; Angela Alsobrooks ocupa un escaño en el Senado; Hakeem Jeffries dirige a los demócratas en la Cámara de Representantes, y Ketanji Brown Jackson integra la Corte Suprema. Son liderazgos construidos desde el gobierno territorial, el Congreso, la conducción partidista y la justicia. Sus recorridos muestran que la presencia afrodescendiente debe extenderse a todos los lugares donde se toman decisiones.
Menciono estas experiencias no para levantar pedestales ni copiar modelos ajenos, sino porque muestran caminos posibles. Deben ayudarnos a comprender que el liderazgo se construye con formación, organización, disciplina, alianzas, comunicación y vocación de poder.
Hoy repetimos con claridad: los votos importan. Los votos se convierten en concejos, alcaldías, asambleas, gobernaciones, congresos y gobiernos. Pero el voto aislado no basta. Necesitamos organizaciones capaces de interpretar las necesidades de la población, construir programas, seleccionar buenos candidatos, vigilar a sus elegidos y formar a quienes deberán reemplazarlos.
La política no puede seguir siendo para nosotros una actividad ocasional que aparece durante las campañas. Tampoco puede reducirse a negociar puestos, celebrar nombramientos individuales o acompañar proyectos ajenos a cambio de reconocimientos pasajeros. Hacer política significa disputar la orientación del Estado, participar en la distribución de los recursos públicos y decidir qué territorios, comunidades y generaciones serán atendidos.
Esa conversación solo tendrá sentido si aterriza en la vida diaria de nuestra gente. Por eso la agenda debe ser concreta: educación de calidad; desarrollo productivo para el Pacífico y el Caribe; protección de los territorios y del ambiente; seguridad para los líderes sociales; participación efectiva de las mujeres; oportunidades para los jóvenes; fortalecimiento empresarial; soberanía cultural; acceso a la tecnología y articulación con la diáspora afrodescendiente.
Esa agenda exige superar divisiones que durante años han debilitado nuestra capacidad de acción. La diversidad de pensamientos es parte de la democracia. El problema aparece cuando la diferencia se convierte en enemistad, cuando la aspiración personal se antepone al propósito colectivo y cuando cada dirigente actúa como si la causa comenzara y terminara con su nombre.
No estoy buscando un caudillo. Necesitamos líderes, en plural, y una manera de ejercer el poder que podamos reconocer por su conducta: que no se subordine a la política tradicional ni reproduzca sus peores prácticas; que sepa dialogar sin renunciar a sus principios, construir alianzas sin entregar su independencia, ejercer autoridad sin arrogancia y entender que ocupar un cargo no convierte a nadie en propietario de la comunidad.
Las generaciones jóvenes deben saber que la política también les pertenece. Las necesitamos estudiando administración pública, economía, derecho, ciencia, comunicación, tecnología y relaciones internacionales. Las necesitamos organizando sus comunidades, creando empresas, investigando, participando en partidos, defendiendo el voto y preparándose para gobernar.
A los jóvenes no podemos pedirles que vivan únicamente de la memoria de nuestras luchas. Debemos entregarles herramientas, confianza y espacio para que hagan algo más difícil: honrar ese legado creando un futuro propio.
El liderazgo que proyecte nuestra causa no será el dueño de ella. Será el que consiga reunir muchas voces alrededor de un propósito superior, abra caminos para que otros avancen y comprenda que el poder solo se legitima cuando mejora la vida de la gente.
El próximo año tendremos una prueba concreta: las elecciones territoriales de 2027, en las que volveremos a elegir concejales, alcaldes y gobernadores. No podemos llegar a esa cita preguntando a última hora a quién apoyar. Ese trabajo empieza ahora: reconocer trayectorias serias, acordar prioridades por territorio, formar equipos, buscar financiación transparente y organizar el voto.
La medida del avance no será cuántos rostros afro aparezcan en la publicidad electoral, sino cuántas candidaturas lleguen con programa, independencia, equipos competentes y compromisos públicos. Las alianzas serán necesarias, pero no pueden volver a firmarse a cambio de fotografías o promesas. Deben construirse alrededor de resultados verificables para nuestras comunidades.
El liderazgo que reclamamos no aparecerá terminado. Tendremos que formarlo, elegirlo, acompañarlo y también exigirle cuentas. En 2027 sabremos si empezamos a construir poder colectivo o si, una vez más, dejamos que otros decidan por nosotros.
Nuestra causa necesita una voz capaz de convocar, pero requiere también una ciudadanía organizada que la sostenga. Ese es el desafío político de nuestro tiempo: transformar la identidad en conciencia, la conciencia en organización, la organización en poder y el poder en dignidad.
