El Petronio Álvarez: de la resiliencia cultural a la reconstrucción digna
El terremoto que sacudió a Colombia el 10 de agosto de 2026 obligó a suspender la edición número 30 del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez. La decisión de la Alcaldía de Cali priorizó, con razón, la vida y la seguridad en medio de una emergencia que golpeó con dureza al suroccidente del país.
Pero el aplazamiento no fue una simple pausa en la agenda cultural. Puso a prueba el tejido social, la economía comunitaria y la capacidad de respuesta de una de las expresiones más representativas de la identidad afrocolombiana. Desde entonces, el Petronio ha comenzado a encontrar otros espacios: su presencia en la Feria del Hogar, en Corferias, permitió que portadores de tradición llevaran a Bogotá sus músicas, cocinas, bebidas y emprendimientos.
Para las comunidades del Pacífico, el Petronio es mucho más que una celebración. Durante esos días, cocineros, artesanos, músicos y productores de bebidas tradicionales encuentran uno de sus principales momentos de ingreso, intercambio y reconocimiento. El terremoto ocurrió cuando muchas familias ya habían invertido sus ahorros en materias primas, mano de obra, transporte, alojamiento y logística.

Por eso, la reprogramación del festival —cuando las condiciones lo permitan— no puede limitarse a recuperar conciertos y fechas. Esta edición quedó marcada por tres palabras: solidaridad, memoria y sanación.
El sismo también nos recuerda que el Petronio no es un espectáculo diseñado únicamente para el turismo masivo. En su raíz es refugio comunitario, memoria compartida y resistencia pacífica. Durante décadas, los bundes, la marimba de chonta, los cununos y las voces del Pacífico han ayudado a tramitar el dolor de la guerra, el destierro y el abandono. Hoy esos mismos saberes pueden acompañar la recuperación emocional y material de los territorios golpeados en Chocó, Valle del Cauca y el Eje Cafetero.

El gran desafío del Petronio Álvarez no será solamente logístico ni de aforo. Consistirá en demostrar que la justicia racial, la reparación social y la gestión del riesgo deben caminar juntas. El festival no puede quedarse en la condición de fiesta aplazada: puede convertirse en un escenario de reconstrucción, capaz de movilizar recursos, solidaridad y atención pública hacia las comunidades de donde proviene la música que Cali y el mundo celebran.
Acudir al Petronio, respaldar a sus artistas y comprar directamente a sus emprendedores será también una forma concreta de reconstruir. Esta vez, celebrar deberá significar acompañar.
